Popurrí de cine asiático: Burning (2018)

Cuando el año pasado Lee Chang-dong estrenó “Burning” el cine coreano siguió posicionándose en escena como uno de los grandes conductos culturales de Asia, perfilando ensayísticamente y con una virtud poética las posturas de autor que siempre marcaron al cine de su director. Siendo este su sexto largometraje, Chang-dong versa sobre nosotros la historia de Jong-su, un joven mensajero que se encuentra con Hae-mi, una vecina de antaño, la cual le pide que cuide de su gato mientras ella viaja por África. Jong-su, ilusionado por ese reencuentro casual, se ve sorprendido cuando la muchacha vuelve del viaje con otro chico, Ben, lo que desatará a posteriori un relato devenido en metáforas visuales muy rigurosas en su ejecución.

La película es una experiencia a ser vivida desde la subjetividad más pura y sublime, dotando constantemente de apertura las lecturas que pueden descifrarse, y emergiendo con voracidad para que contemplemos el más absoluto vacío que nos presenta a través de escenas que evocan una quietud efímera pero angustiosa. Casi como el planteo que hace Hae-mi, sobre el hambre pequeño (el hambre instintivo) y el hambre grande (la búsqueda del sentido de la vida), la narración intenta abarcar ambas sensaciones en su estructura y lo consigue con creces. Por un lado plasma el hambre pequeño como la cotidianidad y el contraste de clases en la Corea moderna, y por el otro ahonda en ese sentido amplio del hambre grande basándose en los dilemas/inquietudes existenciales que movilizan el accionar de todos los personajes y el entorno que tan extenso les queda.

Aquello que realmente arde es el ser de cada personaje, representado por el atardecer como la finalización de algo lejano pero que los identifica en algún punto. El hecho de hacer arder invernaderos no es más que una pauta para abrazar de frente todo eso que somos y eso en lo que podemos llegar a convertirnos. Esto se ve claramente reflejado cuando Hae-mi se desnuda y baila frente a la puesta de Sol, siempre la mira de frente, aceptando ese devenir que todavía como espectadores no conocemos pero que se hará presente cuando ella no vuelva a aparecer en pantalla nunca más. En cierto punto podríamos decir que algo semejante le sucede a Ben al cumplir su extraño pasatiempo, sabe que en algún momento algo de todo eso que lo representa (sus acciones) acabará quemándolo alegóricamente, y no tanto. Aunque creo que el único que no se responsabiliza y reconcilia con su realidad es Jong-su, ni con su padre preso, ni con su trabajo de escritor, ni con el regreso de su madre, ni con el hecho de quemar vivo a Ben. La escena final es hipnótica porque encuadra con fidelidad lo que el guión nos mostró sin pudor, él abandonando lo que es, dándole la espalda a aquello que arde, huyendo espacialmente de su verdad ¿Y qué es la vida sin verdad?

Pienso que la cinta perdería muchísimo sin un tono tan marcado y una ambientación así de avasallante. Todo discurre en una comunión intermitente entre la música, el color y la pausa para representar. Es importante tener en cuenta que Chang-dong es un director que proviene directamente de la literatura, y sus bases se sienten con firmeza a la hora de contar una historia, pues abraza la cinematografía con una mirada crítica que se complementa con su experiencia previa en otro medio expresivo. Burning nos habla de todo eso que somos como individuos frente a la impunidad social que nos rodea, y por eso funciona tan bien. Nos despoja, nos rompe, para que podamos ver arder, para que sepamos ver arder. Trasladando en imágenes, que se convierten en versos bajo nuestras retinas, la identidad que caracteriza a un mundo tan marginal, tanto en un sentido económico como emocional, cristalizando a las personas como entes rotos buscando una expiación ante un mundo tan borroso.

En el pasado, uno sabía a favor o en contra de qué pelear. Luchábamos contra la dictadura militar, o por conseguir mejores condiciones de trabajo para los trabajadores. La vida era difícil pero había esperanza en que las cosas iban a mejorar. Hoy la gente ya no pelea. Contemplado desde fuera, nuestro mundo se ve más limpio y saneado, más práctico y tecnológicamente avanzado. Y sabemos que el sistema no funciona, pero aun así se ha extendido la percepción de que el problema no proviene del sistema sino de nosotros mismos. Eso genera un terrible sentimiento de impotencia. Estamos llenos de ira, y lo peor es que no sabemos por qué. Esa es la emoción que quema a Jong-su, el protagonista de la película.

Lee Chang-dong

 

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